Carpa Maldita. Capítulo 12.

miércoles, 31 de agosto de 2016


12. Tu turno.
Faltaban pocos días para la gran cita anual bajo la Carpa y había llegado la hora de actuar. Madame Joie estaba preparando una invocación. Había pintado un pentáculo en el suelo de la pista y lo había rodeado de velas. Además de haber dibujado unos extraños símbolos que a Anke y a Mika se le antojaron completamente sacrílegos, pero no era tiempo de quejarse ni de tener escrúpulos.

—Estoy lista—avisó Madame Joie, apagando con un gesto solemne la última cerilla y colocándose frente al pentáculo con gesto severo.—. Llamad a los demás.

Mika salió fuera de la Carpa y trajo consigo a Frank y a Molly, la jinete y amante del forzudo del Circo. Todo debía quedar entre ellos y quizás el enorme hombre era de los pocos que apreciaba a los chicos y Molly era tan discreta que normalmente nadie notaba su presencia salvo cuando salía a la pista, pero la mujer apreciaba a Lester y lo bien que trataba a los animales y, por supuesto, a su marido y su peculiar sentido del humor.

—Poneos cada uno en una punta. No os metáis dentro del círculo y, sobre todo, no dejéis vuestro puesto pase lo que pase—la pitonisa estaba utilizando un tono la mar de solemne y todo supieron que no estaba bromeando, iban a contactar con un espíritu y no había lugar a error.

Todos se colocaron, cada uno frente a una de las cinco puntas del pentagrama y esperaron. La pitonisa empezó a repetir una especia de mantra en latín, todos supusieron que estaba diciendo algo para llamar a los espíritus ya que ninguno dominaba aquella lengua y, a fin de cuentas, ella era la experta.

—Te invocamos, sabemos que sufres pero esto debe llegar a su fin. ¡Manifiéstate!—chilló Madame Joie—¡Ven a nosotros, adopta una forma y habla con nosotros!¡Te lo ordeno!

La pitonisa estaba sufriendo. Se le notaba, el sudor le perlada la frente y las manos le temblaban, todo su cuerpo pequeño y flaco estaba tenso y alerta. Los demás notaron cómo una brisa se levantaba dentro de la Carpa.

Sobre ellos, el cable empezó a balancearse. Mika miró hacia arriba de reojo, preocupado pero un carraspeo de Anke le hizo volver los ojos al centro del pentáculo donde un pequeño remolino de viento empezaba a juguetear con la arena y algo, un algo luminoso, empezaba a parpadear en ese lugar.

—¡Manifíéstate!¡Ahora!
 
La luz empezó a hacerse más grande en el centro del pentáculo y empezó a adoptar una silueta humana todavía a medio definir. Poco a poco surgieron unas largas piernas, unos brazos torneados y  un cabello rizado y negro y la familiar cara que estaban esperando se hizo visible.
 
—¡Mi querida Amelia, bienvenida!—sonrió la pitonisa.
 
En el centro del pentáculo la personificación de una muchacha joven les devolvió una sonrisa triste. No hablaba pero sus ojos dejaban claro que quería saber qué hacía allí.
 
—Se acerca el aniversario del circo, querida, y una gran desgracia se avecina. Él ha encontrado un alma buena para sacrificar. ¡Tienes que ayudarnos a detenerlo! Esto tiene que acabar, Amelia. No podemos permitir que siga ocurriendo. ¿Cómo podemos pararle?
 
Amelia miró arriba, al alambre que se balanceaba cada vez más insistentemente, algo parpadeó en él y ella se desvaneció durante unos segundos para volver a aparecer más triste si cabe.
 
—¡Ayudanos a romper esta maldición, Amelia!
 
La muchacha volvió a mirar a lo alto de la Carpa. Clavó la mirada en la pitonisa y, señalándola,  puso su mano sobre su corazón. Luego desapareció. 

Todos aguardaron, las velas se apagaron, la brisa cesó. 

—¿Ya está?¿Se ha terminado?

—Sí. De momento no podemos hacer más. Ella no puede ayudarnos todavía.

La pitonisa, tras este críptico mensaje, se giró y se dirigió a su caravana. Por el camino se metió la mano en el escote y sacó el colgante que siempre llevaba al cuello colgando sobre su corazón, contempló la llave maestra que llevaba consigo de su antigua vida y sonrió.

Con mucho sigilo se dirigió a la caravana del dueño del circo, comprobó que no había nadie dentro y con su colgante abrió la puerta. Rebuscó en los estantes y tras una foto de la troupe antigua del circo, una foto en la que estaban el dueño, Mika, Anke y la hija de ambos, Elsa, sonriendo a cámara, se encontraba una pequeña urna gris con el nombre de Amelia grabado. Sobre la tapa unos símbolos que Madame Joie identificó rápidamente con sellos. Cogió la urna, salió a la puerta, abrió la tapa y lazó al aire las cenizas de la muchacha.

—Es tu turno, querida. ¡Ayúdanos!

Por toda respuesta, una lámpara de gas colgada en una caravana cercana titiló. La pitonisa sonrió, se agachó, recogió arena hasta llenar la hurna y la colocó de nuevo en su sitio, cubriendo su visita y volviendo a su caravana tan discretamente como había ido a la del dueño.

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