Carpa Maldita. Capítulo 10.

jueves, 2 de junio de 2016


10. Secretos.
Los progresos de Mimi iban aumentando cada día. Mika tenía un número preparado para ella, un juego con telas en lo alto de la Carpa. Llevaban varios días ensayando a varios metros del suelo, con la red de seguridad siempre extendida.
 
—En mis tiempos, hacer esto con red era de miedicas—explicó Mika muy serio—. Yo siempre pensé que era de idiotas no ponerla. 
 
Se quedó contemplativo mirando la parte alta de la Carpa, con la mirada perdida en algún alejado recuerdo de aquellos inicios en el Circo o vete a saber qué, Mimi no solía preocuparse en preguntar porque siempre recibía una mala contestación o una reprimenda, así que había perdido todo interés en la vida pasada de sus maestros.
 
—¡Horrible!—le chilló Mika, muy enrabietado—¿Se puede saber qué se supone que es eso?
 
Mimi se había descolgado de la tela para quedarse colgada boca abajo de la forma más grácil que había podido pero, por lo visto, no era lo que Mika esperaba de ella.
 
—Pareces un saco de patatas. No tienes elegancia, debes deslizarte, deslizarte, no caer como un fardo. ¡Vuelve a empezar otra vez!
 
Mimi resopló, volvió al suelo para empezar el número de cero. Intentaba recordar todas las posturas que Anke le había indicado pero estaba tan cansada y le dolían tanto los brazos que era imposible moverse con suavidad. Desplazar cualquier extremidad le suponía un trabajo titánico del que no se veía capaz.
 
—Cada vez peor...desisto contigo por hoy, niña. Descansa esos brazos de pollo y mañana o lo haces bien o yo mismo te tiro de lo alto de la Carpa. Recoge.
 
Mika se fue de la carpa enfadado y farfullando en ruso muy malhumorado. Mimi suspiro y se dejó caer en una colchoneta, podría dormir allí mismo de lo cansada que estaba. Notó como alguien se sentaba en la colchoneta a su lado. No tuvo que mirar, por la suavidad ya sabía de quien se trataba.

—¡Hola, Enzo!

—¿Un mal día?—la voz del joven trapecista era tan delicada como la forma que tenía de moverse.

—Mika me tortura. Todo lo hago mal.

—Ya será menos. Lo que pasa es que es muy exigente. No lo haces mal pero el quiere la perfección y no la conseguirá jamás.

—¿Tú sigues sin número?

—Soy un alumno imperfecto, ya sabes.

Mimi le miró de reojo. Aquellas facciones delicadas, su forma de moverse con suavidad, como un gato que quiere cazar a un pájaro y se desplaza en el más absoluto de los silencios, y aquella elegancia que tenia en el trapecio se le antojaban a la chica cualquier cosa menos imperfectas.

Enzo se tumbó a su lado en la colchoneta. Los dos contemplaron en silencio el techo de la Carpa. Sus miradas se encontraron, Mimi sintió una extraña emoción, Enzo se acercó cuidadosamente y ambos intercambiaron un suave beso.

—Lo siento—Mimi quiso que el tiempo volviese atrás, confusa por la mezcla de emociones y sentimientos que la embargaban en ese momento—. No sé por qué te he besado.

—También yo lo he hecho.

Enzo la miró con sus profundos ojos castaños y Mimi volvió a sentir que le conocía de toda la vida. Aquella extraña y familiar sensación. Pero, no podía ser. Ella sentía algo por Lester, él era bueno y siempre la había tratado bien, tenían mucho en común.

—Tengo que irme.

—Nos vemos mañana.—Enzo le lanzó una encantadora sonrisa que a Mimi se le antojo un poco arrogante por su parte. 

Salió de la Carpa sumida en sus pensamientos y chocó con Anke. 

—¿Qué ha pasado?

—Nada, perdona, no te vi, iba...pensando en la función.—mintió Mimi.

Anke echó una mirada al interior de la Carpa. Desde el centro de la misma, Enzo le lanzo una diabólica sonrisa y desapareció en un segundo. La rusa sintió un escalofrío que no pudo controlar.

Mimi miró al interior de la Carpa y respiró aliviada al ver que Enzo se había ido y que Anke no parecía sospechar que estaban trabajando juntos. Ella tenía ese secreto igual que sus mentores mantenían en secreto que Enzo era otro de los trapecistas. Si ellos no le daban explicaciones ella no iba a ser menos.

Anke vio marchase a Mimi y en cuanto esta se alejo salió corriendo hacia la caravana. No le gustaba lo que había visto, no aquella sonrisa en Enzo. Estaba claro que él acababa de empezar a hacer girar la rueda del destino para Mimi y Anke no estaba dispuesta a dejar que volviese a pasar, no esta vez. Le había cogido cariño a aquella flacucha y ahora iba camino de convertirse en una nota al pie de página de la prensa local.

Entró en la caravana como una exhalación sobresaltando a Mika.

—¿Qué ocurre?

—Él la quiere. Se la va a llevar. Le he visto y me ha visto. 

—¡Maldita sea!

—Tenemos que hacer algo.

Mika asintió. Le había cogido cariño a Brazos de Pollo y la quería como a una hija. Esta vez había que acabar con ello. No le gustaba que su mujer le hubiese visto en la pista. No, y no solo porque Enzo siempre había sido un arrogante, sino porque llevaba ya casi treinta años criando malvas y seguía apareciendo en cada aniversario del circo. 

Pensó que se había acabado con Elsa pero no. El trapecista quería más y más sangre. Sabía con quien debía hablar. Cogió a Anke de la mano y salieron a toda prisa para hablar con otra de las personas que mejor conocía los secretos del circo. 

Llamaron insistentemente a la puerta de la caravana, Anke se sorprendió ya que hacía mucho tiempo que no veía a Mika tan nervioso. La puerta de la caravana se abrió y Madame Joie salió con la carta del Diablo en la mano.

—Os esperaba.

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